Elecciones del SPAICSA: ¿La continuidad de un comité subordinado al patrón, o la de un patrón que simula un sindicato?
En el SPAICSA de la UACJ se ha venido configurando una secuencia política que conviene leer de manera conjunta. Un conjunto de demandas formuladas desde la base, con contenido concreto y alcance real para la vida sindical, fue relegado en la negociación y apartado del centro de la discusión. Casi enseguida comenzó a tomar forma una sucesión tersa, apresurada y cuidadosamente acotada, acompañada de una campaña construida sobre promesas pequeñas, administrables y perfectamente compatibles con la comodidad institucional. Leídas juntas, ambas cosas revelan una misma operación: dejar atrás, con la mayor rapidez posible, un pliego que abría temas delicados para la relación entre dirigencia, autoridad universitaria y personal académico.
Las demandas de la base no eran accesorias ni desmesuradas. Tocaban asuntos sensibles para cualquier sindicato que se tome en serio a sí mismo: transparencia efectiva en la vida interna, defensa más firme del patrimonio docente, protección familiar más amplia y comunicación oportuna de acuerdos y decisiones. En varios de esos puntos, la base había logrado algo importante: convertir molestias dispersas en planteamientos concretos, redactados y defendibles. Ese paso colocaba al sindicato ante una disyuntiva clara: asumir con mayor firmeza su papel como representación del personal académico, o seguir administrando con prudencia los límites que la propia institución considera tolerables. Lo que terminó prevaleciendo fue esto último, y el resultado fue el enfriamiento de una agenda que merecía mayor energía y mayor voluntad de defensa.
Ese marco vuelve especialmente reveladora la campaña de continuidad. La candidata oficialista y su equipo, cuyos nombres aquí se omiten para evitar que una eventual queja artificiosa distraiga la atención de lo sustantivo, han optado por ofrecer un sindicalismo de baja intensidad, concentrado en prometer información, presencia, atención, orden administrativo, rendición de cuentas genérica y facilidades operativas. Todo eso puede sonar correcto en un plano básico, pero justamente ahí reside la pobreza del planteamiento: se ofrece como novedad lo que debería constituir el mínimo elemental de cualquier sindicato real. Más todavía, varias de esas promesas aparecen sin indicadores claros, sin mecanismos sólidos de exigibilidad y sin compromisos verificables que permitan distinguir entre propaganda electoral y obligación efectiva.
Ese achicamiento deliberado del debate cumple una función política muy concreta. Mientras la base logró plantear exigencias que sí tocaban intereses, inercias y zonas grises importantes, la campaña de continuidad ofrece un sindicalismo de baja intensidad, aplicado a gestionar lo mínimo y a envolver la renuncia en palabras amables. La candidata oficialista ha tenido incluso el cuidado de advertir en su publicidad que no promete imposibles y, vistas así las cosas, hay que admitir que cumple: no promete nada que se salga del guion, nada que tense la relación con la Universidad y nada que recupere el alcance de las demandas que la propia base había logrado construir. La frase pretende sonar responsable, pero en realidad delata algo más profundo: una candidatura que confunde realismo con estrechez, prudencia con acomodo y representación con obediencia bien administrada. Así, lo que pudo haber abierto una discusión más seria sobre derechos y dignidad sindical termina reducido a un inventario de mínimos exhibidos como si fueran altura política.
Ese empobrecimiento del horizonte sindical tiene efectos muy concretos sobre la memoria política de la base. Cuando una serie de demandas relevantes pierde centralidad y es sustituida por una campaña de formas correctas, mensajes moderados y promesas discretas, se va instalando una idea muy conveniente para la continuidad: que pedir poco es sensato, que esperar poco es realista y que conformarse con poco es prueba de madurez. De ese modo, asuntos que hace apenas poco tiempo aparecían como exigencias legítimas de fondo empiezan a desvanecerse bajo una estética de moderación, cortesía y administración ordenada. La discusión deja de girar alrededor de derechos, patrimonio, protección y transparencia sustantiva, y empieza a reducirse a modales, canales de comunicación y gestiones puntuales.
Por eso conviene insistir en la unidad de ambos procesos. La omisión de las demandas de la base y la prisa por una sucesión cómoda forman parte de una misma lógica de contención. Primero se reduce la fuerza de una agenda que podía incomodar a la autoridad universitaria; después se acelera el relevo con una oferta política inofensiva, de tal manera que lo omitido pierda densidad pública y quede enterrado bajo la rutina electoral. La sucesión adquiere así una utilidad precisa: producir olvido. No un olvido escandaloso, sino uno administrado, amable y eficaz, capaz de volver secundario aquello que la base había alcanzado a formular con claridad y dignidad.
El problema de fondo no está solamente en la modestia de las propuestas visibles, sino en el tipo de sindicalismo que esas propuestas dibujan. Un sindicato reducido a prometer lo mínimo, a exhibir prudencia frente a la autoridad y a evitar compromisos de mayor calado termina convirtiéndose en una estructura dócil, funcional para la estabilidad del patrón. En ese esquema, la transparencia se vuelve consigna blanda, la rendición de cuentas se vuelve frase decorativa y la representación pierde fuerza. La vida sindical queda reducida a una administración correcta de expectativas pequeñas, mientras los temas capaces de alterar la relación real entre base, dirigencia y Universidad son dejados atrás con lenguaje amable.
Eso explica por qué el momento actual merece una lectura menos ingenua. Aquí no solo está en juego el relevo de personas. Está en juego la clausura anticipada de una discusión que la base ya había comenzado a abrir. Está en juego la posibilidad de que un pliego con mayores alcances sea absorbido por una campaña de mínimos. Está en juego, en suma, la sustitución de una agenda de mayor dignidad por una continuidad correctamente administrada y políticamente cómoda para la Universidad.
La pregunta, entonces, adquiere todo su peso: ¿qué clase de representación se quiere consolidar en el SPAICSA? Una capaz de sostener, con autonomía y claridad, las demandas que la base ya formuló, o una adaptada a la prisa de una sucesión tersa, con promesas modestas y sin voluntad de alterar la ecuación de fondo. Allí está el punto. Mientras ciertas exigencias de la base fueron dejadas atrás, se abrió paso una candidatura de continuidad que convierte el mínimo sindical en programa máximo. Ese tránsito dice bastante sobre el modelo de relación que algunos consideran deseable entre sindicato y patrón.
Cuando una dirigencia deja caer demandas de fondo y enseguida empuja un relevo sin saldar esa deuda con la base, no está simplemente organizando una transición. Está cerrando en falso una discusión que apenas comenzaba a tocar lo esencial. Y cuando, además, la candidatura oficial se presenta con el mérito de no prometer imposibles, termina confesando sin querer el tamaño de su ambición: administrar bien los límites ajenos, no ensanchar los derechos propios. Allí radica el verdadero problema. En la prisa por una sucesión cómoda para el patrón, lo que se busca enterrar no son solo ciertas propuestas, sino la posibilidad misma de un sindicato con mayor dignidad, mayor memoria y mayor voluntad de defensa.