Opacidad sindical, cuentas mochas y PowerPoint
A estas alturas, seguir hablando de “insuficiencias” o “áreas de oportunidad” ya sería una manera muy cómoda de no llamar las cosas por su nombre. Lo que hay en la gestión financiera del SPAICSA no es un simple problema de forma: es una larga historia de opacidad que ahora pretende maquillarse con cuentas mochas y PowerPoint.
Durante demasiado tiempo se ha querido manejar la opacidad del actual comité sindical como si fuera una falla general, una especie de desorden sin responsable claro, un asunto que se diluye entre cargos, firmas y discursos. Pero en finanzas eso no es cierto. Ahí sí hay una responsable directa. Y se llama Thelma Artalejo, secretaria de Finanzas del Sindicato del Personal Académico del Instituto de Ciencias Sociales y Administración de la UACJ.
Y antes de que quieran revolver la cosa, hay que decir algo básico: el informe presentado el 11 de marzo no responde a todo lo pendiente desde 2022. No cubre su gestión completa. No resuelve la falta de rendición acumulada durante casi cuatro años. No aclara el manejo integral de los recursos. Es apenas un corte parcial, una probadita, una muestra chiquita de lo que decidieron enseñar. Y si esa muestra ya viene tan pobre, tan flaca y tan mal hecha, entonces lo que de veras preocupa es todo lo demás que sigue sin transparentarse.
Porque además no estamos hablando de cualquier cosa. En ese “informe” aparecen cuotas sindicales por 2,430,536.17 pesos, recurso federal por 2,340,000.00 pesos, ingresos totales por 4,770,536.17 pesos, egresos por 3,603,786.56 pesos y un remanente de 1,166,749.61 pesos. O sea, millones de pesos. Dinero de la base. Recursos colectivos. Y aun así, lo que se presenta es una pantalla con cifras aventadas, sin estados de cuenta, sin pólizas, sin auxiliares, sin contratos, sin relación clara de beneficiarios, sin trazabilidad de decisiones y sin el soporte documental mínimo que permitiría revisar de verdad qué pasó con ese dinero.
Pero donde de plano se vuelve insultante es en el rubro de “eventos”. Ahí metieron 2,438,283.54 pesos, más otros 517,870.91. En total, 2,956,154.45 pesos. Casi tres millones. Casi tres millones de pesos guardados debajo de una palabrita comodísima: “eventos”. Y ya. Como si eso explicara algo. Como si con ponerle ese encabezado al montón ya quedara claro qué se pagó, a quién, por qué, con qué autorización y con qué comprobación. Pues no. No queda claro nada. Lo único claro es el tamaño del hoyo informativo.
Y eso es lo que enoja. No solo la cifra, que ya de por sí es una barbaridad, sino la soltura con la que parecen creer que la base se va a tragar que casi tres millones de pesos pueden despacharse así nomás, bajo un rubro amplio y sin explicación seria. Como si preguntar fuera exagerar. Como si el problema fuera la molestia de quien cuestiona y no la pobreza del informe de quien estaba obligada a rendir cuentas.
Y lo demás viene igual. Apoyo académico, gastos de oficina, donativos, asambleas, gastos de representación. Todo revuelto, todo sumario, todo en bloque, como si informar consistiera en aventar conceptos y confiar en que nadie se tome la molestia de mirar con cuidado. No hay ahí voluntad de transparentar. Hay ganas de salir del paso.
Pero esto tampoco empezó el 11 de marzo. Viene de atrás. Y eso todavía da más coraje. En la asamblea de noviembre, cuando se le reclamó que nunca había rendido cuentas como correspondía, Thelma Artalejo respondió que en marzo de 2024 “se dio un informe, pero ustedes no estuvieron”. Así, tal cual. Como si el derecho de los agremiados a saber qué se hace con su dinero dependiera de haber estado presentes en una asamblea. Como si por no haber ido ya se perdiera el derecho a recibir información. Como si proyectar unas láminas fuera lo mismo que cumplir con una obligación real.
No, pues qué práctico. Si fuiste, viste la pantalla. Si no fuiste, te amolaste. Bajo esa lógica tan cómoda, la rendición de cuentas no sería una obligación de quien administra recursos colectivos, sino una especie de premio para quien alcanzó a llegar el día del pase de diapositivas. Y no. Así no funciona. El derecho a la información no se pierde por no estar en una asamblea. Y rendir cuentas no es pararse enfrente, poner una presentación y dar el asunto por cerrado. Rendir cuentas es entregar información por escrito, de manera individual, completa, detallada y con tiempo suficiente para que la base la revise, pregunte, observe y exija aclaraciones.
Por eso aquella respuesta de noviembre no fue una explicación. Fue un retrato. Ahí quedó clarísimo cómo entienden esto: enseñar lo que quieren, cuando quieren, a quien esté presente, y luego fingir que ya cumplieron. Esa no es transparencia. Eso es administrar la opacidad con cara de normalidad.
Y aquí viene lo que vuelve todo todavía más serio. Thelma Artalejo no estaba en un cargo de adorno. No era acompañante de nadie. Era la secretaria de Finanzas. Esa era su responsabilidad directa. Y además es contadora. Por eso esto no puede maquillarse como simple torpeza o como un mal manejo de presentación. Estamos hablando de alguien que sabe perfectamente la diferencia entre una rendición seria y un resumen parchado. Entre documentar y aventar cifras. Entre informar y taparle el ojo al macho.
Y por eso mismo el problema ya no puede disolverse en frases generales sobre “fallas del comité”. No. En el tema financiero hay una responsable directa. Y cuando la confianza de la base se responde con evasivas, con pantallas y con cifras sin sustento, entonces hay que decirlo sin tanto rodeo: la opacidad financiera del SPAICSA no es un accidente, ni una bruma, ni una confusión.
Además, no estaría de más refrescar la memoria. Ya en 2017, al concluir la gestión de Vargas Luna al frente del SPAICSA, el problema de unas cuentas mal rendidas y severamente cuestionadas no se quedó en la crítica de pasillo ni en la indignación de asamblea: llegó hasta acciones penales. Que aquel episodio no haya terminado como muchos esperaban no lo vuelve menos aleccionador. Al contrario. Recuerda que, cuando la opacidad financiera se acumula y la rendición de cuentas se vuelve simulación, las cosas pueden escalar bastante más de lo que algunos creen.
El informe del 11 de marzo no cierra nada. No limpia nada. No arregla nada. Apenas deja ver una orillita del desastre acumulado desde 2022. Y si la orillita viene así de mal, cualquiera entiende que el problema de fondo está mucho más hondo.
Hoy lo decimos desde la indignación, sí. Pero que nadie se confunda: esto no va a cerrarse con otro resumen pobre, otra pantalla o otra excusa de ocasión. Lo que viene no es solamente más crítica ni más coraje de pasillo. Lo que viene es una etapa de exigencia, revisión a fondo y deslinde de responsabilidades. Porque hay momentos en que la opacidad deja de ser un escándalo político y empieza a convertirse en un problema mucho más serio para quien creyó que nunca tendría que responder de verdad.